Los momentos que uno atraviesa a lo largo de su existencia están plagados de emociones, sentimientos y sin duda, recuerdos que evocan ocasiones que uno no quiere olvidar. Uno de los períodos más bonitos de mi vida ha sido mi infancia. Ese tiempo en el que uno tiene la inocencia suficiente para creer en las cigüeñas, esa época en la que espera con anhelo la llegada de Santa Claus; en la que uno sueña con ser astronauta y se imagina que al crecer se convertirá en un verdadero caballero del zodiaco, o tal vez en un luchador famoso. Es en la que el único límite es nuestra imaginación, en la que podíamos imaginar las cosas más impensadas y en la que la que nuestra preocupación principal se llama diversión.
Y precisamente eso es lo que me lleva a recordar este lugar, uno muy simple pero que fue donde pude vivir mis primeros regaños, mis mejores risas y ha sido testigo silencioso de mi crecimiento. Este lugar es mi calle, que con sus negras expresiones y sus blancos detalles marcaban mi paso hacia los sitios más insólitos. Fue en sus aceras desaliñadas y sucias donde conté mis mejores historias, fue sobre sí que me divertía ya sea corriendo, caminando o andando en bicicleta. Era un sitio tan cambiante, pues a veces se convertía en una cueva donde podía hacer mi escondite, otras alargaba su forma y se convertía en un velódromo en el que era capaz de competir para ganar una medalla de oro. No habían fines de semana en los que no se convirtiera en campo de fútbol; cada sábado y domingo nuestro balón le hacía cosquillas sobre su estómago, y nuestras “barridas” le acariciaban la cara, que ensordecía al oír el grito de gol.
Cuando llovía, se volvía nuestra pista de canotaje, que nos dejaba navegar en sus caudalosas aguas que se formaban a su alrededor, en las que podíamos convertirnos en piratas o marineros con nuestros barcos de papel. Uno de los cambios que más nos gustaban era después de las lluvias, cuando con los hoyos de todos tamaños que se hacía en su interior, se volvía una auténtica pista de obstáculos, que ponía a prueba nuestra destreza como guiadores de bicicleta, como corredores profesionales o como jugadores de fútbol.
Es esta calle sobre la que camino todos los días, que guarda los momentos más felices de mi infancia. Que con su discreción los conserva para cuando yo los quiera evocar. Basta salir a la puerta de mi casa para que me los deje ver, recordar y volver a vivir. Me haga sentir nuevamente niño y capaz de comerme al mundo de un bocado. ¿Y tú ya reviviste a ese niño de tu interior?