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La Coctelera

Pst. pst. COMUNICÓLOGO: ¿ensayando?

Todas las carreras e incluso los oficios demandan determinadas cualidades, sin las cuales uno no podría desempeñarse como tal: no me imagino a un músico arrítmico, a un catador de vinos que carezca de un excelente sentido del gusto o a un ingeniero que no sepa nada de integrales. Todas estas cosas, pueden sonar un poco irreverentes, e incluso irrelevantes; y aunque no dudo que exista gente que no posea esas características y esté ejerciendo cargos para los que no están capacitados (el congreso, por ejemplo); en su mayoría las personas escogen su vocación de vida de acuerdo a sus aptitudes e intereses.
Gracias a lo cual, podemos encontrar ingenieros que construyen grandes e impresionantes carreteras, músicos que componen bellas melodías, abogados que nos hacen creer que la ley es nuestra, o médicos capaces de curar enfermedades peligrosas y salvar vidas. Ante esto, ¿cuál es la verdadera labor y la misión que un comunicólogo debe tener? Sin duda, esta no es una carrera que nos permita salvar vidas, al menos no por el bisturí, tampoco es algo que nos enseñe sobre cómo construir puentes y mucho menos componer melodías.
Sin embargo, la verdadera labor del comunicólogo consiste en informar, en hacer que trascienda lo que uno dice o hace. El auténtico comunicólogo no debe hacerse a un lado ante la crítica, al contrario, necesita la objetividad, que no es lo mismo que el criticismo ni el separatismo, pues de ninguna manera debe ignorar un suceso o tener una postura que no concuerde con la realidad.
Asimismo tampoco tiene la misión de ser un conductor de televisión, cantante y tampoco debe ser necesariamente el responsable de conducir un programa de radio. Debe hacer algo más, que por medio de todos esos instrumentos de comunicación masiva, debe ser capaz de transmitir un mensaje, uno que sea lo más recto y apegado a la verdad como sea posible, uno que se olvide de los tapujos y de los intereses personales.
He ahí la verdadera labor del comunicólogo, sin embargo, ¿será acaso posible que siempre tenga que ser a través de un medio audiovisual?¿Podrá ser acaso ese el mejor medio para lograr que la gente se informe? Definitivamente no, necesita otra formación. Antes de hacer un programa de radio, se necesita un guión, antes de escribir una nota en el periódico es necesario saber estructurar las ideas. Es por eso que la labor del comunicólogo no es únicamente la de transmitir, sino que debe aprender a comunicar sus ideas. Debe ser capaz de poder poner en letras, lo que sucede acompañado de sus puntos de vista. Debe ser ese instrumento que sirva para sintetizar esa información tan diversa que aparece en todas partes.
Es necesario que resida en él ese ímpetu de querer conciliar, ser capaz de contrastar, comparar y sacar las diferencias y similitudes de las cosas que ve, oye y que en el entorno del medio o en el de la empresa se generen. De cualquier forma, para hacer todo esto, que en general pudiera parecer pura utopía, pues no necesariamente todos los comunicólogos lo logran, existe una útil herramienta que no tan sólo ayuda, sino que pule el estilo, contribuye a tener más orden en las ideas, coherencia en las palabras, así como una mejora en la calidad de síntesis y análisis sobre las cosas.
Esa arma tan valiosa y tan olvidada es el ensayo, el cual en muchas ocasiones se convierte en un mero artículo de opinión, pues no se toman datos que avalen lo que uno dice, o en ocasiones se convierte en una copia textual de lo que algún autor afirma. Es por eso que debemos aprender a emplearlo de manera correcta, procurando guardar la suficiente concordancia en lo que uno dice con lo que uno cita, procurando dejar las ideas más cercanas, comunicando lo mismo pero con palabras más simples.
En fin, yo trato de seguir en la mejora de mis capacidades como comunicólogo, ¿y tú? ¿Aún sigues ensayando? ¿O consideras que ya no lo necesitas? Recuerda que lo que se deja de usar, se atrofia.

¿Y tú cómo celebras a los muertos?

México es un país bello, rico en arquitectura, gastronomía, flora, fauna, pero sin duda lo que le dota de un mayor realce es su gente. Todas esas personas que durante tanto tiempo han poblado este territorio, pero que han luchado por mantenerse fieles a sus raíces. Por mantener esos valores y creencias que por tanto tiempo han forjado; pero que en algún momento se han visto en la necesidad de dejar de lado para adaptarse al mundo actual.
Tal es el caso, que podemos encontrar en un pueblo multivariado, diferencias notables que van desde la forma de hablar hasta el tipo de guiso que se cocina en cada sitio: mole en el centro, carne en el norte y papadzules en el sureste. Y precisamente en la reserva de esas tradiciones, es que encontramos una que es muy peculiar y que demuestra la idiosincrasia del pueblo: el culto a los muertos.
La muerte es imprescindible e importante para todos los mexicanos, pero de especial manera para los yucatecos. Muchas personas que aún preservan la cultura y que viven en las comunidades del interior del estado, se han preocupado por salvar esta tradición muy antigua que consiste en celebrarles el día. Esta se llama “Hanal Pixán” cuyo nombre significa comida a los muertos o comida de los muertos.
Esta celebración, a diferencia de las que existen en otros países, e incluso en otras partes de México, donde se rinde un momento de mayor luto y duelo, es básicamente un momento de fiesta y celebración. El cual surge básicamente de los ritos de nuestros antepasados, quienes no tenían la costumbre de enterrar a sus muertos, o al menos según informan algunos historiadores, no lo hacían con ataúdes, sino que era un contacto directo con el difunto y el suelo. Es más, según narra la sabiduría popular, estos entierros, se hacían en los patios de las casas, los cuales habían sido limpiados previamente, tanto de suciedad como de hierbas que ahí pudieran haber crecido.
Sin embargo, con el paso de los años y sobre todo después de la conquista, en la que los españoles vinieron a traer la religión, fue cuando quitaron muchas de las costumbres de las personas que habitaban estas tierras. Y precisamente ante el choque cultural es que se dio este híbrido, que conservó lo autóctono, incluyéndole los nuevos valores que aquí habían surgido y que llegaron desde España.
De ahí es que actualmente veamos lo colorido y variado que resulta este rito, que se ha convertido en toda una tradición para las personas de todas las clases sociales. Pues aunque es más visible en las personas de un medio socioeconómico más bajo, es notable en personas de diferentes clases.
En esta conmemoración, se puede encontrar una gran variedad de hábitos, comidas y sobre todo platillos especiales que se preparan para las personas que ya se han ido. Pero el que tiene más reconocimiento y es imprescindible en esta fiesta es el llamado mucbipollo o pib. El cual es una gran pastel hecho de masa y que en su interior contiene una variedad de carnes: pollo, puerco y res, cocinados en adobo, pero acompañados por el tradicional col, que es una especie de consomé hecho con la carne a la que se le incluye un poco de masa, para que adquiera consistencia. En sí, este platillo, se cree se comenzó a hacer, porque los difuntos no tenían el tiempo suficiente para llevarse toda la comida, en esos días estaban de paso por la tierra, por eso se les prepara una torta para que se lleven durante el camino.
Pero, la que sin duda es la muestra más visible de esta celebración, es la puesta de los altares en el interior de las casas, dedicados a parientes, amigos o personas que ya se les hayan adelantado, en los cuales se incluyen sus fotografías, velas y vasos de agua, cerveza o refresco, acorde a sus gustos de cuando estaba aún vivo. De ahí que sea posible encontrar en los altares, desde cerveza hasta cajetillas de cigarros, según se trate de la persona, e incluso, cuando es un altar dedicado a los niños, se acostumbra ponerles juguetes o artículos de diversión con los que los niños jugaron.
Pero a pesar de lo peculiar y distintiva que pueda ser esta celebración, sin duda ha habido una gran invasión por parte de nuestros paisanos del norte, quienes han venido a traernos su halloween, el cual nisiquiera es americano, es irlandés, pero que en algunos sitios ha sustituido a nuestro Hanal Pixán; pero a pesar de las invasiones y los cambios que puedan existir en el entorno, creo que el Hanal Pixán es una bonita tradición que aún perdurará mucho tiempo más. ¿ O acaso pretenden dejar de comer pib?

ÉXITO VERSUS FRACASO

Vivimos en un país donde la riqueza cultural es vasta. Por doquier, encontramos colores, sabores y formas que nos denotan y caracterizan. Y a pesar que tenemos la misma esencia, cada lugar conserva su propia historia. Cada sitio tiene algo que contarnos, y cada uno utiliza su propia forma de decirlo. Así es que encontramos “tajadores” en Yucatán y “sacapuntas” en el D.F.; a eso se debe que nos subamos a una “escarpa” en Mérida, o a una “banqueta” en Querétaro.
La diversidad nos caracteriza, sin embargo, nuestro mismo lenguaje da lugar a la existencia de ciertos adjetivos abstractos, que hacen referencia a cosas que no podemos ver en la realidad tangible, pero que existen dentro del mundo de las ideas. Por ejemplo, nunca hemos visto a nadie andar junto a la justicia, o mucho menos correr al lado del amor, aunque sí haya quienes han estado a un lado del éxito.
Definitivamente, cualquiera que sea el caso, este tipo de conceptos abstractos, son interpretados por las personas de acuerdo a su personalidad y valores. Pues así habrá gente para la que el amor sea algo relativo, así como quienes crean que éste es algo inherente y único y lo consideren un sentimiento que todos vivirán en algún momento. Y en cualquiera de estos casos, la esencia del concepto se conserva, aunque se individualiza de acuerdo a los intereses, valores y cultura en la que uno esté inmerso.
Por lo cual para poder escribir sobre el éxito, sería necesario definirlo como tal. Labor que se torna nada sencilla, debido a la infinidad de concepciones que existen, y que en muchas ocasiones reflejan lo que uno es. La enciclopedia Océano define al éxito en una de sus acepciones como “el fin o la terminación de un negocio o dependencia” (Océano, 1999). En su siguiente acepción lo define como “resultado feliz de un negocio, actuación, etc” (Océano, 1999). En cualquiera de sus dos casos, esta enciclopedia, nos hace ver el éxito como un triunfo económico, pues en ambas, menciona el término negocio, el cual por lo general, se refiere a algo redituable.
Con base a esta concepción, son muchas las personas que al pensar en éxito, lo relacionan con la fama, el dinero o el poder. Asimismo hay quienes lo conciben como algo diferente, quienes creen que existe algo más allá. Y entre éstas destaca la figura de Carlos Slim, el hombre más rico de Latinoamérica, quien dijo a la revista Poder en noviembre del 2002:
“Yo creo que el éxito no está en lo económico. Yo creo que una persona
no es de éxito porque le va bien en los negocios o le va bien profesionalmente o saca 10 en la escuela. Creo que eso es lo que menos vale. Lo que vale es tener los pies en la tierra, la familia - el concepto de familia-, los amigos. Apreciar las cosas que tienen valor verdadero, no material, no físico necesariamente”. (El siglo de Torreón, versión electrónica)
Por tanto, es un hombre que ha sido “exitoso” en los negocios, el que la define de modo diferente, el que no conceptualiza el éxito en términos económicos, sino que lleva ésta definición a un plano aparte. Es por esto, que definir una sola concepción como única, sería algo falso, o tachar de errónea alguna de las dos, sería coartar la libertad de ser y de pensar de alguna persona.
No me atrevo a decir entonces, que este concepto sea relativo, sino afirmo que el éxito es personal. Es una mezcla de ambas cosas: éxito profesional y complemento espiritual. Uno es el que debe decidir hacia dónde quiere encauzarlo. Para mí, pensar en éxito es pensar en plenitud. Es ponerme a meditar en lo afortunado que soy al vivir y al tener todas las virtudes y los defectos que poseo, porque al fin y al cabo, son esos los que me hacen único e irrepetible.
Debo confesar que me siento orgulloso de habitar este planeta llamado tierra, y estoy completamente seguro que este mundo no sería igual si yo no existiera. Por eso veo en la gracia de existir, el haber nacido, un gran éxito; pues desde el principio he sido ganador, ya que fui yo el que ganó la carrera hacia la fecundación, y no tan sólo eso, sino que fui escogido por Dios para ser parte de esta familia, pues sé que tengo una misión.
Me siento exitoso, al tener la oportunidad de ser humano, y no tan sólo un ser vivo más; creo que ese es un éxito que no compartió con las plantas ni los animales, pues a diferencia de ellas me dio la facultad de pensar y razonar. Me hizo a su imagen y semejanza y eso no es cualquier cosa.
Definitivamente, mi mayor éxito es haber nacido, pues si no lo hubiera hecho nunca pudiera haber visto un maravilloso amanecer, o nunca podría ver la cálida luz de la luna, o jamás disfrutar de la sonrisa de un anciano, o la risa de un niño. Si no hubiera nacido, sería imposible haber sentido la potencia de los rayos del sol, o visto la inmensidad del mar o aspirado el delicioso néctar de las flores.
En fin, si no hubiera nacido, todo lo demás sería inimaginable. Por tanto, me considero una persona exitosa desde el principio de mi existencia. Sin embargo, estoy consciente y reconozco, que en esta vida, no todo es victoria. Y que la perfección no es de humanos, sino que sólo proviene de Dios.
Y por más que uno lo intente, hay ocasiones en las que la existencia nos ha deparado otras alternativas diferentes a las que nosotros esperábamos. Hay momentos en los que uno no obtiene lo que andaba buscando, y es cuando concebimos el concepto de fracaso. Que para este fin viene a bien definirlo como “la ausencia de éxito”. En muchas ocasiones nos sentimos fracasados porque no logramos lo que esperábamos. Porque no fuimos capaces de cubrir nuestras expectativas. No era eso lo que andábamos buscando, sino al contrario, era algo más.
Para mí, el fracaso, no es más que una experiencia. Dice la sabiduría popular que “lo que no te destruye te hace más fuerte”, y en muchas ocasiones así es; no basta escuchar opiniones y consideraciones, sino que es necesario experimentar para poder forjar un criterio, basta un tropiezo para poder aprender a caminar.
Precisamente es ésto lo que afirma Tomás Alba Edison: “Los grandes descubrimientos e inventos del hombre se realizaron con un 1% de inspiración y un 99% de transpiración”(TORRES Ma. E.; CÓDICE; ). Con lo cual afirma que los grandes logros no son fruto de la casualidad, sino de la entrega y el trabajo arduo y constante. Por tanto, no es necesariamente el que tiene más suerte el que consigue su meta, sino el que trabaja más duro. El que deja la vida en lo que hace, ese es el exitoso.
Por eso, sí quisiera recalcar que el vencedor es el que vence a su rival, invencible el que se vence a sí mismo. No necesariamente el que esté en el piso, o aparente estar derrotado realmente lo está, pues basta ver a Jesucristo, nuestro Dios, que está en una cruz. Pues nosotros no celebramos su muerte, sino su resurrección. Celebramos el paso de la muerte a la vida eterna. Lo importante es seguir luchando, como se menciona en la sabiduría popular: “Caer está permitido, levantarse es una obligación”.
Por eso, creo que mi mayor fracaso, no está en haber caído, sino en no haberme levantado, pues ha habido ocasiones en las que mi mayor enemigo, era mi sombra, era mi propia expectativa, era yo mismo el que no me permitía salir adelante. Y eso en sí es fracasar, pues es un sinónimo a anularme. Esa es la mayor traición que uno puede hacer a su persona: darse por vencido, dejarse llevar y creerse incapaz de hacerlo. Pues el éxito no se mide en el número de veces que uno triunfa, sino en el número de veces que uno se ha levantado.
Para concluir, me resta decir que son los pequeños momentos los que forjan grandes historias, y está solamente en uno saber disfrutar cada uno de esos pequeños instantes, pues así como el fracaso y el éxito van de la mano de nuestra persona, son nuestras actitudes las que muestran lo que uno ha crecido y madurado. La madurez no se mide en años, sino en el tamaño de nuestras acciones. No es necesario tener toneles de fe para poder llegar a donde uno quiera, pues tener un granito de mostaza es suficiente para mover montañas.

Una historia de miedo

Recuerdo bien cómo comenzó todo. Era un día común y corriente, creo fue un sábado. Como todos los demás había decidido hacer lo habitual: Quedarme mirando las películas del canal cinco, sin hacer nada. De repente, escuché el sonido del teléfono. No tenía ganas de levantarme de mi sofá, ni siquiera para contestar. Fue su insistencia y el ruido que provocaba lo que me llevó a levantar el auricular.
De mala gana lo hice, y si hubiera sabido lo que iba a pasar, no lo hubiera hecho. Era una voz escalofriante, el sólo recordarla me pone la piel de gallina. Recuerdo que cuando contesté estaba aún medio adormilado, pero al instante de escuchar esa voz áspera y rasposa diciendo que acechara a la puerta de mi casa, porque había algo para mí, me asustó mucho.
Al principio pensé que no sería una mala idea el asomarme a ver quién era y qué era lo que quería. Sin embargo, en la ciudad de México, uno no puede darse el lujo de abrirle la puerta a desconocidos pasadas las once de la noche. Los minutos corrían y la duda se iba volviendo mayor.
-¿Y si acaso es alguien amigable que tan sólo necesita platicar? Me dije a mí mismo.
Pero me puse a pensar que la gente amigable, no anda recorriendo las calles sola, a altas horas de la noche. Seguramente era un ladrón y cuando decidiera abrir la puerta para saber quién es, tendría un bate preparado para darme en la cabeza, dejarme inconsciente y llevarse todas mis pertenencias. Pero hubo algo que nuevamente me puso a pensar.
-¿Y si realmente era alguien que acababa de ser secuestrado, amagado y había perdido todas sus pertenencias en manos de asaltantes? Volví a decirme. Con los segundos que corrían aumentaba mi duda y mi indecisión. Pero de pronto escuché los pesados puños del visitante sobre la puerta de madera. Fueron tres que hicieron retumbar mis oídos.
Enseguida pensé que sería alguien malo. Lo que sin dudar debería hacer es llamar a la policía, pues ellos se podrían encargar del visitante inesperado. El sonido de la puerta que volvió a retumbar con sus toques me hizo levantar el teléfono. Y a estaba marcando el 55… un grito de mujer, me hizo recordar el sentido de la responsabilidad. No pude evitar pensar:
-¿Y si mi hermana estuviera en la calle pidiendo ayuda, me gustaría que otro tan sólo llame a la policía aún sabiendo que su vida podría correr riesgo? Me interrogué insistentemente.
Decidí colgar el teléfono. Sigilosamente comencé a acercarme a la puerta, a cada paso que daba, sentía cómo la adrenalina iba corriendo por mis venas. Enseguida recordé que estaba yendo desarmado, así que con el mismo sigilo, pero con más prisa regresé a buscar un bate que por mucho tiempo me había servido para jugar béisbol.
Cuando lo tuve en mi poder, sentí que la valentía había llegado a mí. Comencé nuevamente a acercarme a la puerta, con cierta gallardía que más bien parecía presunción. Estaba a punto de llegar a la puerta de la casa, cuando el nuevo grito de mujer, me hizo recostarme en el sofá. Al instante, empecé a sudar. Recostado, traté de escuchar todo lo que se murmuraba fuera, pero no alcancé oír nada. El silencio imperaba en toda la casa.
Cuando parecía que ya todo había terminado, el sonido de la puerta me hizo descubrir lo contrario. Fueron tres y parecieron ser determinantes. El teléfono volvió a sonar. Esta vez, no sabía si estaba dispuesto a responderlo, sonó varias veces. A la séptima decidí levantarme a contestar, pero cuando llegué ya habían colgado. El miedo siguió imperando sobre mí. Por un instante deseé que mis papás que se habían ido al cine regresaran por mí. Debí decir que sí quería ir al cine con ellos, pude haber cenado pizza y visto una buena película americana.
De pronto, escuché el ruido de una moto, unas voces que no alcancé comprender, pero sí pude distinguir. Era la voz de la mujer, que acompañaba a la voz áspera y rasposa. Lo único que alcancé a oír era que se irían y ojalá que no se enojaran por no haber cumplido su cometido. Escuché el ruido de la moto, irse dispersando en todo el silencio de la calle.
En ese momento, mis ganas de abrir la puerta fueron realmente mayores. ¿Pudo haber sido tan sólo una trampa? ¿Acaso de verdad ya se han ido? O será que ¿tan sólo esperan distraerme para que yo abra la puerta? Seguí con mis dudas, mis ganas por abrir la puerta se hacían mayores, al igual que mi miedo. Con el bate en mi mano izquierda y con la derecha en la perilla, decidí hacerlo.
Fueron los segundos más largos de mi vida. Sorpresivamente, al abrir la puerta no hallé nada, bajé la mirada y sólo había una caja de pizza. Instintivamente la levanté y descubrí sobre ella una nota que decía: “Toño: Vine con un amigo a traerte algo de cenar, mamá nos mandó, pero se me olvidó la llave. ¿Se puede saber por qué no abriste la puerta? Y espero que mañana a primera hora te pongas a limpiar la entrada, que hay un montón de insectos que me hicieron gritar. Brenda.”
A partir de ese día decidí dejar de ver películas de terror y ponerme a hacer algo más productivo: Chatear en Internet.

Recordar es volver a vivr

Los momentos que uno atraviesa a lo largo de su existencia están plagados de emociones, sentimientos y sin duda, recuerdos que evocan ocasiones que uno no quiere olvidar. Uno de los períodos más bonitos de mi vida ha sido mi infancia. Ese tiempo en el que uno tiene la inocencia suficiente para creer en las cigüeñas, esa época en la que espera con anhelo la llegada de Santa Claus; en la que uno sueña con ser astronauta y se imagina que al crecer se convertirá en un verdadero caballero del zodiaco, o tal vez en un luchador famoso. Es en la que el único límite es nuestra imaginación, en la que podíamos imaginar las cosas más impensadas y en la que la que nuestra preocupación principal se llama diversión.
Y precisamente eso es lo que me lleva a recordar este lugar, uno muy simple pero que fue donde pude vivir mis primeros regaños, mis mejores risas y ha sido testigo silencioso de mi crecimiento. Este lugar es mi calle, que con sus negras expresiones y sus blancos detalles marcaban mi paso hacia los sitios más insólitos. Fue en sus aceras desaliñadas y sucias donde conté mis mejores historias, fue sobre sí que me divertía ya sea corriendo, caminando o andando en bicicleta. Era un sitio tan cambiante, pues a veces se convertía en una cueva donde podía hacer mi escondite, otras alargaba su forma y se convertía en un velódromo en el que era capaz de competir para ganar una medalla de oro. No habían fines de semana en los que no se convirtiera en campo de fútbol; cada sábado y domingo nuestro balón le hacía cosquillas sobre su estómago, y nuestras “barridas” le acariciaban la cara, que ensordecía al oír el grito de gol.
Cuando llovía, se volvía nuestra pista de canotaje, que nos dejaba navegar en sus caudalosas aguas que se formaban a su alrededor, en las que podíamos convertirnos en piratas o marineros con nuestros barcos de papel. Uno de los cambios que más nos gustaban era después de las lluvias, cuando con los hoyos de todos tamaños que se hacía en su interior, se volvía una auténtica pista de obstáculos, que ponía a prueba nuestra destreza como guiadores de bicicleta, como corredores profesionales o como jugadores de fútbol.
Es esta calle sobre la que camino todos los días, que guarda los momentos más felices de mi infancia. Que con su discreción los conserva para cuando yo los quiera evocar. Basta salir a la puerta de mi casa para que me los deje ver, recordar y volver a vivir. Me haga sentir nuevamente niño y capaz de comerme al mundo de un bocado. ¿Y tú ya reviviste a ese niño de tu interior?

Dime qué mascota tienes y te diré qué clase de cronopio eres....

¿Alguna vez te has puesto a pensar en el porqué de tus emociones? ¿Acaso has experimentado la sensación de sufrimiento, esa compulsión por querer conseguir aquello que se anhela? Yo siempre tengo reyertas internas. Me ando peleando conmigo mismo por encontrar mi esencia, cuando quiero, me vuelvo todo un fama, un ser cuadrado, metódico y excesivamente preocupado por lo que hay que hacer. Sin embargo, en mi dualidad de ser humano no es suficiente, pues se necesita más que eso para poder encontrar la felicidad, y es por eso que yo suelo utilizar la música como brújula, dejo que ella me guíe para ser todo un cronopio, más libre, desorganizado, más preocupado por vivir que por ponerse a pensar en hacerlo.
Por eso hay días que me siento un durazno, fresco, radiante, suave, aterciopelado, pero al pasar de los días la soledad me lleva a sentirme todo un dátil, con apariencia de seco, aunque realmente no lo esté, pues es en esos instantes que sale a flote mi yo ideal, y a pesar de lo raro que me comporte en esos días mas que un revólver, en esos días necesito una compañía, un amigo. Alguien que me haga sentirme nuevamente cronopio o que renueve lo fama de mi ser.
Al principio, cuando me sentía así, raro pero sin ganas de hablar, triste pero sin ganas de llorar, alegre pero sin ganas de reír, solía hacerme compañía de mi mismo; pero he descubierto que las personas además de nuestros amigos necesitamos seres que nos sepan escuchar. Y tan sólo eso, no necesitamos que nos contesten, ni que nos cuenten, y mucho menos que nos digan lo que debemos hacer. Con que nos muevan la cola es más que suficiente para darnos cuenta de la felicidad que nuestra compañía les provoca.
Basta con mostrarles una galleta para que se animen a hacer sus mejores gracias. Así es, estoy escribiendo sobre ese mejor amigo que tenemos en casa, el que tiene aletas, cola o hasta crines. Pero así como no hay dos personas iguales, tampoco existen dos cronopios, famas o esperanzas que a pesar de sus similitudes lleguen a ser iguales, pues el llamarnos de determinada forma tan sólo nos deja en confinamiento con nuestro interior. Y si obviamente los amos no somos iguales, las mascotas menos, pues hay todo tipo de colores, formas y variedades que se vuelve cansando tan sólo pensar en listar a todos. Y dependerá de la personalidad del dueño el tipo de animal que tendría.
Si algún Fama quisiera una mascota, probablemente quisiera algún animal tranquilo y silencioso, pero dócil y buen compañero como un pez, con el cual pudiera platicar y contemplar por horas, con el que pudiera descargar todas sus emociones guardadas, con la seguridad que sus emociones estarán a salvo del mundo. Así como tampoco dudo que exista algún Cronopio que guste de coleccionar alguna tarántula o una víbora ratonera, con la que pueda jugar a comerse a los ratones que andan escondidos en el desorden llamado “cuarto” que existe en su casa. Y no creo que sea tan difícil, encontrar a un Esperanza con un avestruz en su patio, con un ave tan grandota e imponente pero a la vez tan débil y miedosa que apenas percibe un peligro decide enterrar su cabeza en la tierra para imaginar que el peligro ya se ha ido. Aunque en realidad sólo esté huyendo.
Y como bien comenté la semana pasada, o la ocasión anterior que escribí sobre el cómo me consideraba, y llegué a la conclusión de poseer un carácter bastante voluble, asertivo a veces, que en ocasiones huye como el avestruz o que se resbala por todo el cuarto en busca de ratones que comer, o que desea ver a los peces nadando en la pecera. Por lo tanto, mi mascota ideal sería alguna que fuera libre pero que también fuese dócil, una que siempre aparezca avante, que exista y que llame la atención pero que al mismo tiempo sepa ser fiel compañera en los momentos de tristeza y melancolía.
Por lo cual descubro que me gustaría tener un ave amaestrada, no necesariamente un águila, pero lo importante es que sea un ave, para que con sus alas pudiera elevarse a las alturas como yo lo hago con las cosas que me gustan, pero que a su vez sepa darse cuenta de cuando va a oscurecer y sea momento de regresar a casa, y busque nuevamente el resguardo y la protección del hogar. Pues al fin y al cabo eso es el cómo me considero, ¿y tú cómo lo haces? ¿Te sientes listo para volar?

¿Aún sigues buscando tu media naranja?

En la naturaleza, descubrimos infinidad de formas vivas, muchas descubiertas y clasificadas, otras aún sin hacerlo y probablemente algunas sin descubrir. Las que se han hallado ha sido gracias a sus características comunes que nos han permitido identificarlas y diferenciarlas de otras especies. Por eso podemos encontrar piaras de cerdos, jaurías de lobos, colonias de pingüinos, parvadas de patos, tropeles de caballos que se unen con fines reproductivos y de protección.
Y al igual que las anteriores, nosotros también somos seres vivos, y también vivimos en un grupo llamado comunidad, pero a diferencia de ellos, tenemos algo llamado razón que nos permite reflexionar sobre nuestros actos y no tan sólo vivir por instinto, y es en este meditar de las acciones que hemos forjado un sentimiento, insignificante en letras, pues tan sólo son cuatro, pero que sin duda ha conseguido volvernos humanos, pues en sí recrea todo un mar de emociones, de sentimientos, de formas nuevas de ver la vida, y todo esto se recrea en una sola palabra: Amor.
Y sería sumamente difícil definir este término que tiene tantas variantes para cada uno de los que habitamos el planeta, pues puede ser tanto lo siente una madre por un hijo, un hermano por una hermana o una niña por su perro. Es tan diferente en sus expresiones, pero tan igual en su esencia. Y en toda esta variedad existe un tipo de amor que ha perdurado a lo largo del tiempo y éste es el de pareja.
No sé si sea un sentir que se nos haya inculcado, o algo que sea completamente innato, lo que sí es cierto es que conforme nos vamos volviendo mayores, todos en algún momento lo sentimos, pues nadie quiere estar solo.
Y son muchas y muy variadas las ideas que se nos vienen al pensar en el amor, en nuestra otra mitad, la persona con la que compartiremos toda nuestra vida, o al menos a la que le dedicaremos lo mejor de nosotros.
Todos soñamos con encontrar a la pareja ideal, la persona perfecta, y a decir verdad, para mí la pareja perfecta no existe, es irreal, pues la perfección no es terrena, lo único perfecto es Dios, de resto todas las personas tenemos errores, pues son de ellos los que uno aprende, con los que uno lucha y poco a poco se convierte en mejor persona, con los que uno se va superando como ser humano.
Sin embargo, no soy fatalista, al contrario, soy paciente, pues estoy consciente que la mujer hecha para mí ya me está buscando sólo que aún no se ha dado cuenta. Sé que ya sueña conmigo, aunque no me pueda ver.
Para mí, la esencia del amor es compartir, y eso no es únicamente gastar tiempo juntos, es algo que va más allá de eso, consiste en ser esa verdadera otra mitad de la persona. A veces se confunde el compartir con el partir, es decir, hay quienes piensan en vivir por la otra persona, quienes piensan en hacer que la otra persona se sienta bien. ¿Pero es acaso eso vivir? ¿O es a lo mejor un comienzo de un desvivir? Creo que lo importante no es únicamente preocuparse, sino ocuparse, no es tan sólo dar todo por la otra persona, sino es darnos a la otra persona.
Para que una relación pueda ser sana, y realmente pueda existir tienen que haber dos personas, uno tiene que estar lo suficientemente crecido y rico de espíritu para poder dotar a la otra persona de lo que uno es. Para poder dejar nuestra esencia, nuestro ser.
Por tanto, no me preocupo mucho por encontrar a mi media naranja, pues es más importante tener un reencuentro constante conmigo mismo. Redescubrirme a cada instante para que cuando llegue el momento y la otra mitad se aparezca, sea algo instantáneo, sea algo donde no se necesiten palabras, donde sus imperfecciones sean mis puntos fuertes y mis errores sean sus fortalezas, y aunque no sea exactamente otra media naranja, sí sea un néctar delicioso que haga un excelente complemento con mi jugo de naranja.
Yo aún sigo madurando en la mata de naranja… ¿Acaso tú ya estás listo para caer?

UN AFAMADO CRONOPIO


Cuenta la sabiduría popular que la mayoría de las personas piensan inversamente a como actúan. Es decir, si una persona es sumamente organizada en sus actividades cotidianas, por lo general, suele ser desorganizada en sus ideas y pensamientos. Y si es desorganizada en su vivir diario, la situación queda a la inversa. Muy probablemente Julio Cortázar coincidía con estos parámetros al momento de escribir su libro sobre Cronopios, Famas y Esperanzas.
Para mí, sería una situación difícil establecerme en alguno de los tres papeles, pues considero que no soy ninguno de los tres por completo, de hecho creo que ninguna persona puede ser completamente mala, buena, apática o mártir; pues la misma calidad humana exige el tener una dualidad: siempre hay que tener un poco de maldad, de bondad, de ánimo o de decisión.
En lo personal yo sé que tengo mucho de los tres personajes; y he evolucionado a través del tiempo. Pues si ésta misma pregunta me la hubieran hecho unos dos años atrás, indudablemente hubiera respondido ser un Fama. Sin embargo, ahora pensaría un poco más mi respuesta, pues las experiencias dan madurez y por ende, éstas me han llevado a lograr un crecimiento personal, que ha cambiado mi manera de pensar, y de actuar. Por lo tanto, no me presagiaría de ser completamente un Fama que ya no soy.
Aunque actualmente sí me preocupo mucho por la forma de las cosas, les veo más el fondo, he tratado de dejar de ver todas las adversidades de las situaciones y he comenzado a verle las oportunidades que nos ofrecen, como bien se diría, trato de ver el vaso medio lleno en vez de encontrarlo medio vacío. Pues al fin y al cabo, es ese tipo de situaciones las que dotan de significado nuestra existencia.
Para mí el haber sido un Fama no era malo, al contrario, era muy positivo, y hasta el día de hoy puedo decir que aún conservo la esencia. Lo que es y será malo es llegar a los excesos. Pues lo malo no está en hacer las cosas bien, sino en no dejar que los demás hagan las suyas propias. No está mal querer sacarse un cien, lo malo es lo que se deja de hacer con tal de conseguirse. Llamaría de algo bueno el ayudar en muchas causas nobles, aunque no lo es tanto si por hacerlo abandono otras valiosísimas que también me necesitan, como pueden ser mis seres queridos que probablemente también estén necesitados de mi cariño. Lo que menos me gustó de ser un Fama, es dejar de hacer las cosas que realmente quería, tan sólo por conseguir un aplauso público, porque ahora descubro que al hacerlo, no tan sólo me abandonaba, sino que me denigraba en mi calidad de ser humano.
Sin embargo, esos años han quedado atrás, ahora soy el mismo, pero mejor. He aprendido a ser asertivo y a tomar lo mejor de cada cosa, sin preocuparme tanto por las cosas que dejo de hacer, sino dar el máximo en todas las cosas que hago.
Todos tenemos algo de Cronopio, y el serlo tampoco es malo ¡Vaya lección que me costó mucho trabajo aprender! Me he dado cuenta que a veces hay que ser vulnerable para poder ser fuerte. Hay que morir para vivir, y como ejemplo está Cristo. Por eso, hoy estoy feliz con el ser humano que soy. Estoy satisfecho conmigo mismo. Pues más que volverme un ser perfecto, he tratado de ser un poco más humano. Hoy trato de encontrarle más esencia a la vida y menos sabor. Trato de no distinguirme por el cómo me veo sino por el cómo soy. Las palabras se las lleva el viento, mientras que los hechos son los que perduran.
Por eso quisiera ser tener esa alegría del Cronopio, ese miedo del Esperanza, y esa responsabilidad del Fama. Y por lo general tan sólo consigo ser un Fama Acronopiado, soy feliz con ello, pues aunque a veces sean muchas palabras. Todas las grandes acciones han comenzado por el primer paso. Yo ya lo dí. ¿Y tú cuándo?